Revista EL COLECTIVO

Revista EL COLECTIVO

martes, 17 de marzo de 2009

OPUESTOS

POR RUBEN OLIVERA
"(...) hay que elegir con decisión porque hay dos vidas y dos muertes posibles y porque hay diferentes maneras de pudrirse.
Y ustedes sin quererlo ayudan a elegir en todo el mundo (...)." Idea Vilariño



"Gritá ¡Viva Hitler!" "¡Muera Hitler!", gritó la muchacha. "Gritá ¡Muera Fidel!" "¡Viva Fidel y la revolución cubana!", respondió. A Soledad Barret, paraguaya de 16 años, la secuestraron en Montevideo en 1961 con algunos de los procedimientos que después serían habituales: se apagó la luz, la arrastraron del pelo, la encapucharon y la metieron en un auto. Como no lograron que gritara lo que ordenaban, le tatuaron esvásticas en los muslos con una hoja de afeitar y la tiraron a la calle. En un triste laberinto de opuestos, Soledad muere asesinada en Brasil a partir de la delación de quien fuera su pareja, José Anselmo dos Santos, el "cabo" Anselmo, infiltrado de los servicios policiales en los grupos de izquierda que luchaban contra la dictadura.
Por su parte, la maestra desaparecida Elena Quinteros no llegó a conocer que José Félix Díaz, su esposo y compañero de militancia en el Partido por la Victoria del Pueblo, se transformó en uno de los principales colaboradores de la represión.
Opuesta, con relación a muchos de sus jefes, es la situación de los casi cien militantes montoneros que retornan a Argentina entre 1979 y 1980 en la llamada "contraofensiva" contra la dictadura. Los que volvieron fueron detenidos-desaparecidos prácticamente en sucesión a medida que llegaban.
Quienes los mandaron son hoy importantes empresarios como Roberto Perdía y Mario Montoto, o declaran el éxito de la táctica empleada, como Mario Firmenich. Más allá de la concepción binaria occidental, los opuestos están entre nosotros. Y en nosotros.
*** Una rutina de la represión fue utilizar para sí locales incautados a grupos de izquierda. Muchos de ellos pasaron a ser centros de torturas. Del Movimiento de Liberación Nacional fueron usados, entre otros, ranchos ubicados en El Pinar, la Cárcel del Pueblo de la calle Juan Paullier, la casa ubicada en la rambla de Punta Gorda, llamada "Infierno Chico" por los militares.
Ricardo Percovich recuerda que en 1959 la Compañía de Jesús compró un predio a medio construir para instalar el noviciado. Después de levantar paredes, plantan alrededor los primeros pinos. Grande fue su desilusión cuando, tras ser adquirido en 1968 por el Ministerio de Defensa, se transforma desde 1973 hasta 1985 en el Establecimiento Militar de Reclusión número 2, penal de Punta de Rieles, centro de alta seguridad para detenidas políticas. Por allí pasaron unas setecientas mujeres. Los pinos fueron cortados para controlar las inmediaciones. Hasta el día en que los militares cubrieron las ventanas para que no se viera hacia afuera -y no entrara luz solar-, el descampado era un recreo para las presas que, de venir encapuchadas durante meses, podían disfrutar la maravilla de "mirar lejos".
Ataliva Castillo, carpintero y cañero, trabajó por su parte en la confección de las puertas de la cárcel de Artigas. Años después estuvo encerrado allí y lamentaba haberlas hecho tan fuertes.
*** En las mazmorras checoslovacas de la Gestapo, un policía checo dio lápiz y papel a Julius Fucik para que escribiera, en los meses que restaban para su ejecución, lo que después fue un conmovedor libro.* Sara Méndez recuerda el llanto en silencio de un soldado que veía sus heridas infligidas por la tortura de los militares uruguayos en Argentina. El jesuita Luis "Perico" Pérez Aguirre se descorrió la capucha pidiendo socorro para una detenida que había caído al suelo desmayada. Vio entonces al joven custodio con lágrimas en sus mejillas. Muchos soldados sacaron mensajes para familiares de detenidos, o se arriesgaron con otros pequeños gestos, mostrando su diferencia. En cuanto a oficiales, casi quinientos fueron los dados de baja e incluso torturados por oponerse a la dictadura.
*** Para no declarar ante la justicia, el coronel torturador retirado Manuel Cordero huyó a Brasil. Allí, su abogado explicó que su cliente no había concurrido a una citación del juzgado cumpliendo con la orientación médica de que no debía soportar emociones fuertes ni ser sometido a presión.
Pobre hombre, decía el marino argentino Adolfo Scilingo refiriéndose a su colega Alfredo Astiz, ante la difusión pública que habían tomado sus crímenes durante la dictadura. Le arruinaron la vida, agregaba, no puede ni ir a saludar a sus padres a La Plata porque le gritan cosas.
Pérez Aguirre escribió que una vez en Jefatura, quizás ya anticipando la futura impunidad, lo torturaron sin capucha. El policía reía cuando Perico decía que lo perdonaba por lo que estaba haciendo. Ya en democracia, torturador y torturado se cruzaron dos veces en la calle. En el primer encuentro, Perico, con perdón infinito, le tendió la mano, que el otro no quiso estrechar. La segunda vez llegó a preguntarle cómo andaba y esta vez escuchó al torturador confesar su depresión por la difícil situación que atravesaba ante las investigaciones en curso.
Patricia, militante montonera como su padre el escritor Rodolfo Walsh, rió con una risa diferente. Dice el testimonio de un soldado: "El combate duró más de una hora y media. Un hombre y una muchacha tiraban desde arriba, nos llamó la atención porque cada vez que tiraba una ráfaga y nosotros nos zambullíamos, ella se reía. De pronto hubo un silencio. La muchacha dejó la metralleta, se asomó de pie sobre el parapeto y abrió los brazos. Dejamos de tirar sin que nadie dijera o lo ordenara y pudimos verla bien. Era flaquita, tenía el pelo corto y estaba en camisón. Empezó a hablarnos en voz alta pero muy tranquila. No recuerdo todo lo que dijo. Pero recuerdo la última frase, en realidad no me deja dormir. 'Ustedes no nos matan. Nosotros elegimos morir.' Y se disparó un tiro en la sien".** *** En 1972 el industrial Sergio Molaguero, secuestrado por la Organización Popular Revolucionaria 33 Orientales y liberado después de unos meses, denuncia haber recibido castigos. La OPR, indignada, llega a retener a un periodista para hacer los descargos.
En 1999 Ulysses Pereira Reverbel edita el libro que escribió en 1971 durante su segundo secuestro por parte del MLN. En el prólogo justifica la tardanza debido a que muchas personas que habían leído el original consideraban como "una condescendencia injustificable" el hecho de que fuese "objetivo". En el libro describe la preocupación de los médicos que lo atendían ante el severo golpe recibido en la cabeza al resistirse al secuestro. Cuenta cómo, para distraerlo del encierro prolongado -catorce meses en una pequeña celda sin ver luz solar- y ayudarlo en una depresión que padeció, sus captores jugaban a las cartas con él, le enseñaban series de gimnasia, le daban libros y discutían de política "con mutuo respeto". Cuenta que cuando lo liberan uno de los guerrilleros dice: "No salgo. Antes de que me torturen prefiero morir". Por su parte, el colaborador que llevó a los militares al lugar le pide a Pereira Reverbel que salga con él, porque si no "me van a matar en el cuartel y después dirán que intenté escapar". Pereira Reverbel responde "(...) que no debía temer, que sabía cómo actuaban las fuerzas legales y estaba seguro de que nada le pasaría".
*** Algunos periodistas, a lo largo de estos años, repiten la misma pregunta a los familiares de detenidos-desaparecidos y asesinados. ¿Hacen las cosas por venganza? Ellos responden que no. No pedimos que a los asesinos se los mate.
O, para obligarlos a confesar, se los torture. No pedimos que se los queme, se les arranquen las uñas, los violen, los ahoguen en tachos con excrementos, les pongan electricidad en los genitales, los tengan parados desnudos sin comida ni agua durante semanas, sentados en caballetes de metal o con los brazos atados a la espalda colgados de las muñecas rozando el suelo, mientras médicos constatan que se puede seguir. Eso lo hacen ellos, confirmando lo que son. Lo que queremos es que no se olvide. Por amor a los que murieron en sufrimiento. Por amor a las nuevas generaciones, ya que la impunidad los preserva como futura carne de tortura y desaparición. Queremos que los que hicieron todo lo que decían querer evitar sean juzgados. Y que nunca más.
Hablan como testigos de época. No como víctimas. Quien actúa como víctima sigue dándole poder al victimario, y un buen título de poema reza: "Queda prohibido llorar sin aprender".***


* Reportaje al pie del patíbulo, Julius Fucik. Ediciones Casa de Cultura, 1985.
** El tren de la victoria. Una saga familiar, Cristina Zuker, Sudamericana, 2003, primera edición.
*** Pablo Neruda.

1 comentario:

Anónimo dijo...

viva el goyo