Revista EL COLECTIVO

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miércoles, 5 de octubre de 2011

MODELO K O LA ILUSIÓN DE UNA COLONIA PRÓSPERA

Por Luis Lafferriere*



Hablar de modelo de sociedad o de modelo económico (como está de moda pregonar desde las esferas oficiales) sin especificar demasiado a qué se hace referencia, no ayuda para nada si queremos entender lo que nos está pasando, dónde estamos y hacia dónde vamos. Por esa razón haré algunas reflexiones con una mirada crítica, en el intento de dejar planteadas varias dudas y grandes preocupaciones por el presente y el futuro de los argentinos. En tal sentido, aunque sería necesario hablar mucho más de lo que significa un ‘modelo’, baste con señalar que estamos considerando a grandes rasgos qué producimos, cómo lo producimos y para quiénes lo producimos, en el marco de un sistema económico mundial.

¿Qué pasa en el contexto externo? Entrada ya la segunda década del siglo XXI vemos cómo el capitalismo se ha impuesto en casi todo el planeta como la forma de organización social predominante. Y las consecuencias de este proceso las podemos resumir en tres o cuatro cuestiones que se sintetizan en la afirmación de que la humanidad se encuentra ante una crisis civilizatoria de magnitudes nunca vistas.

Se trata de una situación compleja que suma varias crisis: alimentaria, energética, social, ambiental, económica, etc. Y que deja como resultados horrorosos una población mundial de casi siete mil millones de personas donde la mitad vive en la pobreza estructural y más de mil pasan hambre todos los días; donde sólo el 18 % del total es responsable del uso (y abuso) de casi el 80% de los bienes de la naturaleza y de idéntico porcentaje de contaminación. Pero que a la vez ese porcentaje minoritario de privilegiados, en el marco de este sistema mundial, ha llevado a que nuestro planeta ya no pueda soportar la actividad del hombre y se requieran urgentes y drásticos cambios para evitar el colapso de la humanidad.

El proyecto neoliberal impulsado por los capitales más concentrados ha impuesto una reestructuración económica que sólo conduce a una aceleración del rumbo hacia el abismo. Aunque los dueños del mundo saben que con este modelo hiperconsumista los recursos no alcanzan para todos (y tienden a ser cada vez más escasos), su proyecto es apropiarse de los mismos, cueste lo que cueste y estén donde estén. Y si bien existen reacciones de pueblos y movimientos sociales en diferentes lugares de la Tierra para buscar otros mundos posibles (dentro de nuestro único hogar), las alternativas son aún muy atomizadas e incipientes. La gran mayoría de los países y sus dirigentes se suman irresponsablemente a este esquema de dominación y depredación mundial.

En la Argentina, alentados por una coyuntura mundial de altísimos precios de los bienes primarios que exportamos, hay muchos que plantean que al fin encontramos el camino de salida de nuestros grandes problemas. Con una población de apenas 40 millones y con uno de los territorios más extensos y ricos del planeta, hemos venido creciendo desde al año 2003 a tasas elevadísimas, como nunca antes se había dado en nuestra historia. Y han ingresado divisas también como nunca antes. Ello ha permitido al Estado nacional obtener ingresos siderales, en montos sin precedentes desde la existencia de la Nación. Con semejantes datos podríamos decir: “estamos en el paraíso”, entonces “profundicemos el modelo”.

Lamentablemente, quienes miramos más allá de las apariencias, vemos la consolidación de un modelo económico-social que no es sustentable en el mediano plazo, y que a pesar de todas las riquezas generadas es desigual y heterogéneo. Este modelo neocolonial extractivista se basa en la sobreexplotación de los recursos naturales a tasas de extracción que no podrán mantenerse más allá de un par de décadas (en algunos casos mucho antes), pero que dejarán tierra arrasada. Las riquezas de nuestro suelo y subsuelo, que llevaron millones de años para formarse, se extraen a ritmo desenfrenado (gas, petróleo, minerales, agro) y quedan graves daños ambientales, a la par de la expulsión de la población y el éxodo hacia las grandes urbes donde se amontona pobreza y miseria en barrios y viviendas miserables.

Somos apenas 40 millones, producimos alimentos por el equivalente suficiente para dar de comer a 400 millones, y tenemos casi un tercio de la población viviendo en situación de pobreza. La bonanza extraordinaria se concentra económica y socialmente, y el Estado apuntala el modelo destinando gran parte de sus recursos cuantiosos en pagar una deuda ilegítima a la usura internacional y subsidios por decenas de miles de millones de pesos a los grandes grupos empresariales. Pero como por ahora los ingresos fiscales siguen aumentado, también alcanzan para atemperar los males sociales con subsidios clientelares, que sirven para ocultar las desigualdades y la marginalidad extrema y además, a la hora de comprar conciencias, para mantener la legitimidad del sistema partidocrático.

¿Qué pasará cuando el ciclo expansivo de la economía mundial, apoyado en políticas artificiales y en una insostenible especulación financiera, se revierta? ¿Qué sucederá cuando agotemos nuestros fértiles suelos y ni siquiera tengamos a los productores en el campo para trabajar la tierra? ¿Qué pasará cuando se lleven las últimas gotas de nuestro petróleo y los últimos gramos del oro y de otros valiosos minerales? ¿Qué pasará cuando el Estado no cuente con los recursos de la gigantesca recaudación actual?

Como en otras experiencias no muy lejanas (como la plata dulce de Martínez de Hoz o el uno a uno de Menem-Cavallo) muchos argentinos con mentalidad cortoplacista y cultura individualista sólo ven el encandilamiento de los espejitos de colores, con la ingenua idea que vamos por el buen camino, que a lo sumo debemos corregir algunos errores para garantizar más ingresos de inversores extranjeros, darles mayor seguridad jurídica (y enormes superganancias), porque traen progreso y son el complemento indispensable para nuestro crecimiento ilimitado.

Así, cada vez más concentrada la riqueza, cada vez más extranjerizada nuestra economía, cada vez más desigual la sociedad, esperamos pacientemente que se repita la historia irrepetible de la Argentina agroexportadora, del granero del mundo, aunque con los ajustes modernizantes de una industria hecha a la medida de las empresas transnacionales, tan insostenible en el mediano plazo como la depredación de los recursos naturales. Sin darnos cuenta que en este camino hacia el abismo, se trata sólo de una mera ilusión, de una insostenible colonia próspera que ya no tiene lugar en los nuevos proyectos imperiales del mundo globalizado del siglo XXI.


*Docente universitario de economía

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