Revista EL COLECTIVO

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jueves, 7 de julio de 2011

¿LO DIGO O NO LO DIGO?


SOBRE EL PERIODISMO EN ENTRE RIOS

Por Osvaldo Quintana

Para el día del periodismo, los cumpas de la revista Río Bravo nos pidieron unas lineas sobre el tema.Más abajo las reproducimos.

Antes que nada, dos aclaraciones necesarias: los editores responsables de El Colectivo no somos periodistas. Esto no implica que en la publicación dejen de escribir profesores, empleados públicos, estudiantes… y también periodistas. También nos parece necesario señalar que nuestra revista es un emprendimiento “sin patrones”, que no persigue un fin de lucro aunque sí que nos lea la mayor cantidad de gente posible. Entonces, nuestra mirada sobre algunos temas está signada por el lugar desde donde nos paramos, esto es, personas que no viven de la profesión de periodistas y que, a su vez, tampoco dependen de ninguna empresa o multimedio de la “comunicación”.

Desde El Colectivo, tenemos en claro que, dentro del sistema capitalista, a diferencia de otras profesiones, el periodista dependiente debe vender no sólo su fuerza de trabajo sino también poner en juego su más preciado atributo: la libertad de conciencia. Carlos Del Frade suele decir que a los futuros profesionales de la palabra se les impone desde edad temprana una trilogía de obediencia. Esta trilogía dictamina que inevitablemente deberán pagar derecho de piso, aceptar las reglas del juego y nunca jamás morder la mano que les da de comer.

A su tiempo la Universidad se encargará de prepararlos para asumir este rol señalándoles un único camino posible: el de la dependencia. De esa manera, muchos podrán escuchar por boca de sus profesores el cuento del buen periodista: aquel que, en una entrevista con sus posibles empleadores y ante el pedido de redactar una nota sobre Dios, preguntará: “¿la quieren a favor o en contra?” Este mensaje nefasto no sólo equiparará la profesión de periodista con la de un mercenario, también dará por sentado que éste será el del eslabón más débil dentro de empresas o multimedios para quienes la comunicación y el periodismo solo representan una forma más de hacer buenos negocios.

Por eso, una verdad de Perogrullo: la libertad de expresión no es posible cuando no hay libertad de trabajo, cuando la labor de cualquier periodista debe quedar supeditada a las reglas de juego que imponen los empresarios de la comunicación. La libertad de expresión resulta imposible cuando un gran porcentaje de profesionales es obligado a trabajar en negro o integrar cooperativas truchas, avaladas por las mismas autoridades gubernamentales. La libertad de expresión es inviable cuando la pauta oficial es utilizada como instrumento de presión y coptación.

En este momento histórico asistimos a un intento autoritario por imponer una verdad única, un deseo por monopolizar la palabra mediante la construcción de una realidad en donde, para el actual gobierno y sus acólitos, tener una opinión distinta significa ser considerado enemigo o, en el mejor de los casos, un idiota útil que le hace el juego a la “derecha”. Peligrosa división que ha conseguido extenderse con éxito a una parte importante de la sociedad generando rispideces, muchas veces dentro del mismo seno familiar.

La construcción de una enorme maquinaria pública de prensa y propaganda mediante la utilización arbitraria de la pauta oficial, la compra de medios por parte de amigos del poder y el sostenimiento con fondos públicos de diarios y revistas de baja circulación, muchas veces distribuidos en forma gratuita, sumado a la utilización vergonzosa de los medios públicos como el Canal 7 o el llamado “Futbol para Todos” con empleados que dicen llamarse periodistas militantes cuando simplemente son mercenarios muy bien pagos, es tan sólo un breve e incompleto cuadro de situación del que nuestra provincia no resulta ajena. El valiente comunicado dado a conocer por la Unión de Trabajadores de la Comunicación de Entre Ríos, nos exime de cualquier otro comentario o agregado ya que constituye la visión cruda y descarnada de cómo está viviéndose la profesión desde adentro; y refleja, además, hasta qué punto puede avanzarse en el cercenamiento de la libertad de expresión.

En estos casos uno no puede menos que solidarizarse con los compañeros, exigiendo leyes que amparen a los trabajadores permitiéndoles un ejercicio digno de su profesión.

Entonces, ante la opción única de transformarnos en tristes bufones del rey o la reina, nosotros pensamos humildemente que existen otros caminos posibles que no pasan necesariamente por ser voceros de un empresario o gobierno de turno ni rehenes de una pauta oficial. Creemos, contrariamente a lo que algunos piensan, que la nueva ley de medios nace como instrumento de coptación y control, que no persigue justamente multiplicar las voces sino acallarlas mediante la distribución discrecional de la pauta oficial o el subsidio clientelar. También pensamos qué las experiencias de empresas recuperadas y cooperativas de trabajadores que irrumpieron con la crisis del 2001, continúa marcando un camino posible.

Por todo esto, es necesario continuar apostando a la construcción de otros medios, más horizontales, independientes del poder, más cercanos a la gente, imaginando y creando nuevos lazos con los lectores, oyentes y televidentes, acercando otras realidades y perspectivas, diciendo lo que uno ve y piensa, revalorizando la palabra y el compromiso. De otra manera, la labor del periodista o el comunicador habrá quedado reducida a colocarles el micrófono a los funcionarios de turno y leer sus comunicados oficiales. O, lo que es peor, habrán logrado convencernos que todo aquello merece llamarse periodismo.

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